
Muerte digna: es la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles. También se denomina ortotanasia.Pretenden algunos identificarla con la muerte "a petición", provocada por el médico, cuando la vida ya no puede ofrecer un mínimo de confort que sería imprescindible; sería para éstos la muerte provocada por eutanasia.
El ser humano no pierde su dignidad con la enfermedad o la vejez.
La enfermedad o la vejez no afecta en lo más mínimo la dignidad de la persona humana, a cuyo servicio debe estar siempre la medicina.
La medicina se pone siempre al servicio de la vida. Incluso cuando sabe que no puede vencer una grave patología, se esfuerza por aliviar los sufrimientos.
Trabajar con pasión para ayudar al paciente en todas las situaciones significa tomar conciencia de la dignidad inalienable de cada ser humano, incluso en las condiciones extremas del estadio terminal.
El sufrimiento, la vejez, el estado de inconsciencia, la inminencia de la muerte no disminuyen la intrínseca dignidad de la persona.
Entre los dramas causados por una ética que pretende establecer quién puede vivir y quién puede morir, está el de la eutanasia.
Aunque esté motivada por sentimientos de una malentendida compasión o de una malentendida dignidad que hay que preservar, la eutanasia en vez de rescatar a la persona del sufrimiento, la suprime.
Por el contrario, la verdadera compasión promueve todos los esfuerzos razonables a favor de la curación del paciente. Al mismo tiempo, ayuda a detenerse cuando toda intervención deja de ser útil para alcanzar ese fin.
De hecho, el rechazo del ensañamiento terapéutico no es un rechazo del paciente y de su vida.
La decisión eventual de no emprender o de interrumpir una terapia se considera éticamente correcta cuando ésta resulte ineficaz o claramente desproporcionada respecto a los fines de sostener la vida o la recuperación de la salud.
El rechazo del ensañamiento terapéutico, por lo tanto, es expresión del respeto que en todo momento se debe al paciente.
Es preciso alentar la adecuada utilización de cuidados paliativos, como los analgésicos, así como la formación a todos los niveles de personal en este sentido.
Los atentados contra la vida, deben de constituir una de las principales preocupaciones de quienes nos gobiernan, pues es su obligación velar por el bien jurídico tutelado que es la vida.
Recordando los principios éticos que fundamentan el Juramento de Hipócrates: “no existen vidas indignas de ser vividas; no hay sufrimientos, por muy penosos que sean, que puedan justificar la supresión de una vida; no existen razones, por mayores que sean, que favorezcan la "creación" de seres humanos destinados a ser utilizados y destruidos”.
Comprobará el lector que mi argumentación es estrictamente jurídica (o filosófica en todo caso), para nada religiosa. Además, la autonomía del enfermo que reclama la eutanasia es, por lo común, un claro ejemplo de 'voluntad viciada': las condiciones de sufrimiento, angustia y depresión merman su autonomía, como saben perfectamente médicos y enfermeras. Tampoco el llamado 'testamento vital' soluciona el problema. Supongamos que alguien, en pleno uso de sus facultades, establece que se acabe con su vida en caso de que llegue a padecer una enfermedad terminal. ¿Quién nos asegura que, una vez inmerso en esa enfermedad y, por lo tanto, en un estado de conciencia latente (pensemos, por ejemplo, en un enfermo de alzheimer), no hubiese querido rectificar su voluntad, que sin embargo para entonces no puede expresar ni verbalizar? Y, en fin, si reconocemos la primacía de la autonomía personal sobre el valor superior de la vida en enfermos terminales o en tetrapléjicos, ¿por qué no en enfermos que sufren un dolor psíquico intolerable, víctimas de neurosis, depresión o esquizofrenia?
Dejémonos de mistificaciones. Es el Derecho, y no la religión, quien impide legalizar la eutanasia.